miércoles, 1 de octubre de 2008

Perro salvaje

Olfateando, royendo, andar de tajo por el puro instinto, con la ingenuidad primigenia de unos ojos oscuros de paloma descerebrada, me-cá-ni-ca-men-te, me-cá-ni-ca-men-te hacer el zig zag de las patitas rojas aborazándose sobre los trocitos de pan, con la cabecita en blanco y haciendo el tic tac tic tac, atrás y adelante, atrás y adelante y la cabecita péndulo tic tac tic tac, como robótica, absurdamente viva.

Preferiría ser una hiena con el pelambre tieso, de tierra, un perro salvaje, un caballo desbocado, frenético, un búfalo expelido de la manada, un buitre cóndor velando la carroña ocre roja suculenta, un rey jabalí, un jabalí furioso asolando una isla sola como el señor de las moscas. Aterrar al hombre, me-cá-ni-ca-men-te.

Preferiría eso, cualquier cosa y no la fisura del tiempo y el espacio en la que soy tres, cuatro, veinte pares de ojos que se dispersan y miran desde todos lados las líneas que fluyen, cortan, se curvan y cierran y abren y forman ventanas, paredes, marcos de puertas, molduras innecesarias, bultos y cuerpos y rostros insostenibles, tic tac tic tac, mueven la cabecita zig zag zig zag.

Veo mi lengua, veo a Jimena con su cara de boba desinteresada, me veo diciendo, luchando contra mi lengua embrutecida, fofa, alcoholizada. Decir algo, lo que sea, aunque mis palabras sean inentendibles, lejanas, licuadas en la nata sonora de la música, las risas, las palabras otras de las cabecitas tic tac, ininteligibles.
Y estoy ahí, fundido en una gruesa coraza de plástico, en una pecera con piedritas de colores y ventanitas y marcos de puertas y paredes y personas y observo observo observo, me observo observando sus piernas, los pliegues rugosos de su falda, oliendo la carne, husmeando en el halo pastoso del olor a maquillaje, cigarro, cerveza, perfume.
Olfateando.

Y estoy ahí, y soy yo, ese soy yo, soy yo. Carajo, como me gustaría ser un perro salvaje.

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